lunes, 4 de enero de 2010

DOXA



El anciano Joseph se había quedado petrificado delante del escaparate. No era capaz de apartar la vista de aquél reloj de bolsillo que el anticuario acababa de colgar de su cadena. Parecía que al balancearse suavemente hubiese llegado a hipnotizarle.

A medida que, poco a poco, se iba parando el balanceo, dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas.

Cuanto más lo miraba, más seguro estaba. Era como encontrarse a un amigo al que no se ha visto desde hace muchos años. Era él. Estaba bien conservado, pero se le notaban las marcas del paso del tiempo. La esfera y las agujas eran las mismas, eso sin duda, pero exhibiendo la pátina que dan los años. La corona había amarilleado, eso era buena señal, había sido utilizado, y con cariño.

Volvió a mirar la marca de la esfera: “DOXA”.

No podía ser otro. Quizás se habían fabricado millones iguales, pero este era el “suyo”.

Habían pasado 65 años y recordaba perfectamente la humedad: agua, barro, sangre. El peso: tenía varios hombres muertos encima de sus piernas. Y recordaba, sobre todo, el olor: no había palabras para describirlo.

Antes de aquello, un viaje en camión y el tronar de las ametralladoras. Los gritos de dolor y desesperación y el ruido infernal de la metralla al atravesar piel, carne y huesos antes de hundirse en la tierra. Era el día de Navidad.

Luego el silencio.

Gritos y órdenes incomprensibles para él. Los camiones se marchaban. Un soldado armado iba revisando los cuerpos inertes, con la misión de comprobar que no quedase nadie con vida. Posiblemente no tendría más de 15 o 16 años y estaba tan pálido como los muertos que tenía a sus pies.

Cuando llegó a su altura le miró a los ojos y lentamente levantó su fusil. Se quedó un instante como si él estuviese también muerto.

-Creo que no tuvo ánimo para rematarme —Se oyó a si mismo decirle al relojero--.

-Y yo tampoco esperaba sobrevivir. Me llevé la mano al bolsillo, saqué el reloj y se lo ofrecí.

-Estoy seguro que no se lo di para que no me matara. Estoy seguro. Y sé que él tampoco lo tomó con esa intención.

El relojero era un hombre de edad avanzada, tanto como el mismo Joseph, y le miraba perplejo a través de sus pequeñas gafas redondas, parecía incluso que su cerebro intentase mirarlo también a través de la lupa de relojero sujeta en su frente con un alambre.

-Este reloj pertenecía a mi hermano- dijo.

-Falleció ayer, día de Navidad.

-Cuando terminó la guerra –continuó hablando el relojero- no tuvimos noticias suyas hasta pasados dos años, cuando al fin lo localizamos en un manicomio al sur de Polonia, estaba en un estado físico lamentable y se había quedado mudo.

-Durante más de 60 años estuvo siempre a mi lado, juntos en el taller. Era muy buen relojero. En cuanto tenía un rato libre lo empleaba en limpiar un viejo reloj de bolsillo que siempre llevó consigo. No se de donde lo había sacado.

-Fue muy duro verle en aquel estado. Lo tenía a mi lado, pero parecía estar siempre en otra parte, con una mirada como perdida no sé donde. En contadas ocasiones pude ver en el fondo de aquella mirada una expresión que se podía interpretar como de alegría, o algo parecido. No sabría como definirlo.

-La muerte nos pillo desprevenidos. A los dos.

-Un infarto. Cayó en mis brazos. Me miró como nunca lo había hecho

-Sacó el reloj de bolsillo y señalando la vitrina del escaparate me dijo: “Cuélgalo allí”

2 comentarios:

Gonzalo dijo...

Emocionante historia, espero comentarla pronto en persona, mis mejores deseos para 2010. Un abrazo
G

Emiliano dijo...

Una historia ciertamente curiosa donde un reloj hace de unión de los personajes.